DE HABITAR EL VACIO (CONTEMPLANDO EL ESTANQUE EN SILENCIO)
Hay mañanas en las que despierto antes de que todo comience, cuando la luz aún no termina de instalarse y el mundo parece suspendido en una especie de espera. No hay prisa en ese momento, ni exigencia. Solo el cuerpo que respira, el aire frío que entra con cierta nitidez, y esa sensación difícil de nombrar que ya está ahí antes de cualquier pensamiento. No interrumpe, no empuja; simplemente acompaña.
Luego el café. El calor en las manos, el vapor que se eleva sin apurarse, el primer sorbo que no busca despertar nada en particular. Afuera, tal vez la lluvia. No como evento, sino como un fondo constante: el sonido repetido, las gotas que caen sin intención, la forma en que todo parece volverse más lento. Se puede mirar sin esperar nada, sin tratar de encontrar algo específico. Solo mirar.
Y en ese mirar, hay una especie de claridad que no depende de que algo sea extraordinario. La mesa, la ventana, el reflejo tenue en el vidrio. Todo está, pero no se impone. Todo ocurre, pero no reclama ser retenido.
Más tarde, al hablar con alguien, las palabras fluyen como siempre. Hay respuestas, gestos, momentos en los que incluso aparece una risa. Pero algo permanece en segundo plano, como si cada interacción se apoyara sobre un fondo que no cambia. Se escucha, se responde, se sostiene la conversación, y aun así, hay una parte que observa sin involucrarse por completo, que reconoce lo que ocurre sin perder ese punto de quietud desde el que todo se percibe.
En el aula, mientras explico algo, los alumnos toman notas, algunos miran con atención, otros se distraen. Las ideas se articulan, los conceptos se ordenan, la voz encuentra su ritmo. Y, sin embargo, incluso ahí, en medio de lo que exige presencia, hay una distancia leve, constante. No interfiere, no dificulta, pero tampoco desaparece. Es como si todo lo que digo se desplegara sobre una superficie que no termina de tocarse del todo.
Al caminar, el sonido de las hojas secas bajo los pies, el crujir breve que aparece y se extingue de inmediato. La sombra en el suelo, alargándose o acortándose según la luz. A lo lejos, algo que se mueve, una figura que pasa, un detalle que apenas se alcanza a distinguir. Todo se registra con precisión, pero sin urgencia. No hay impulso de apropiarse de lo que se ve, ni de prolongarlo más allá de lo que dura.
Y cuando la noche llega, y el cielo se abre lo suficiente como para dejar ver algunos puntos de luz, hay algo en esa distancia que resulta familiar. No como un recuerdo concreto, sino como una afinidad. La amplitud, el silencio, la falta de contorno claro. No hay necesidad de acercarse, ni de comprender. Solo estar ahí, mirando, sin que esa mirada necesite convertirse en algo más.
Entre todos esos momentos —el despertar, el café, la lluvia, las conversaciones, la clase, el caminar, las sombras, las estrellas— hay una continuidad que no depende de lo que ocurre afuera. Es una forma de sostener la experiencia sin aferrarse a ella, de dejar que todo pase sin que nada termine de fijarse por completo.
No es que algo falte. Tampoco es que algo sobre. Es más bien esa cualidad en la que todo parece apoyarse sin quedar atrapado, como si la vida misma transcurriera sobre un fondo que no exige ser llenado.
Y en medio de lo cotidiano, sin necesidad de nombrarlo a cada instante, eso permanece.
Esto es habitar el vacío...
— LARH.

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